15 febrero 2007
LA MAGDALENA
Magdalena
penitente.
Tiziano. M. Pedro
MAGDALENA
Las rameras suelen vestir de lila o de rojo, llevan más de una pulsera y dos o tres collares por lo menos; así, sin más candiles, se les llenan los pechos de miradas.
A Magdalena le colgaba el oro por las muñecas, como una exageración de besos derramados. Dicen que había conocido a muchos hombres y que solía renovar con el sueño los cansancios de la tarde. Magdalena ponía miel en sus manos y en sus ojos para disimular en algo la falsedad de los aprecios. Pero lo que Magdalena consideraba lo más duro de su trabajo era besar: temía quedarse mezclada en la humedad de un beso y sufrir para siempre las vueltas de un amor que no pudiera ser correspondido, un afán sin otra orilla. Resolvió por eso dejarse el cabello largo para que cuando tuviese que juntar su boca con la del amante, el pelo se enredase en los paladares del labio.
A pesar de todo, Magdalena sufría las prisiones de la desdicha y buscaba el amor atándose muchas mañanas el cabello con una cita amarilla. Alguna vez, sin embargo, debió Magdalena enamorarse porque tenía dentro la angustia de una huella que no la dejaba vivir.
Entretenida en sus cautividades a Magdalena le avisaron que un profeta hermoso recorría Palestina y, más que su figura, llenaban de asombro sus palabras. Los fariseos y los escribas decían que era blasfemo porque se hacía llamar Hijo de Dios. Aquel mundillo atormentado por los romanos se llevaba las manos a la cabeza de las esperanzas. ¿Será el Siervo de Yavé que anunciara Isaías?. ¿Serán por fin sus voces una caña que quebrara el viento?. Al principio, algunos lo seguían por curiosidad hasta que poco a poco se fueron llenando los campos y las aguas de sus pisadas y de sus sueños. Si hacía milagros o no era una de las preocupaciones de aquellos que le llamaban Raboni; en cualquier caso, todos comentaban hechizados el fuego que salía de sus ojos. Magdalena, por fin, se cruzó con ellos largamente hasta que hablaron las palabras.
Sólo el Maestro y ella sabían que no era posible recortar en el aire del tiempo la multitud de las sombras:
-Vete y no peques más.
Pero Magdalena no se iba. Era imposible alejarse de aquella luz sin antes decirle al Maestro que también lavan las lágrimas y que su pelo, su larga melena que le había servido para distancia de amores cuando era Magdalena la pecadora, ahora sólo quiere ser lienzo de seda. Y esta vez no estorbarán al amor porque no hay nada que al amor estorbe si se ha llorado primero.
P.V.