20 septiembre 2005

 

EL MUNDO VISTO DESDE EL CIELO, ANGELES CASO, PLANETA 1997

  

-Pero entonces todavía los tilos ordenaban las costumbres.

 

-A menudo envidio los antiguos. Decían amigo, dios, guerra, mar, y esas palabras sonaban nuevas, como formas recién talladas en la piedra.

 

-La fama es una maldición, Aline. En el fracaso puedes guardar la esperanza. En el fracaso puedes parapetarte, armarte de ira, echarle la culpa al mundo. La fama, en cambio, es el final. Ella te envuelve en gasas, te convierte en estatua, te corona con el peso insoportable de la apariencia, te entrega, momificado, a las manos de los otros, que deciden por ti, que piensan por ti, que hablan por ti, que pintan por ti.  (Santa Teresa, al final de su vida, cuando fue llamada por la duquesa, quiso huir de la fama).

 

-Qué mierda no poder decirle a quien has querido lo mucho que le has querido.

 

-El dolor es así de totalitario, de cegador, de paralizante. No te deja pensar en cosa alguna que no sea él.

 

-Ese muro del que habla Van Gogh, ya te lo he dicho, el muro que se alza entre deseos y realidad.

 

-Por qué la imaginación es mejor que nosotros mismos?.

 

-Tan corto es el amor y tan largo el olvido (Neruda).

 

-Hubiese querido, como Zeus adorando a Alcmena, alargar la noche hasta el infinito para que el puñetazo espiadado de la luz no nos alcanzase.

 

-Pero el placer está siempre protegido por mil demonios.

 

-Tal vez lo que ocurre es que el cuerpo es uno pero las almas muchas... El dominio de los cuerpos sobre las almas siempre es breve.

 

-La nada es consoladora, Aline. La realidad suele ser tan ridícula, tan dolorosa y fea.

 

-Tiendo a creerlos a todos y entonces ya no me creo a mí mismo.

 

-A Verdi le gustaba plantar un árbol por cada una de sus óperas estrenadas. Plantó un alegre plátano por el triunfo de Rigoletto. Un soberbio roble por el de Il Trovatore. Pero por La Traviata puso un triste sauce llorón... Aquel hombre acostumbrado a los éxitos clamorosos desde el comienzo de su carrera tuvo que soportar no sólo los pateos y los silbidos, sino las carcajadas burlonas con las que el público de La Fenice acogió el estreno de su ópera más hermosa. Y, sin embargo, ni las protestas ni las risas pudieron con su inmensa seguridad. Sabía que la obra era buena, y nada ni nadie logró convencerle de lo contrario.

 

-Somos una panda de ateos sacralizando lo humano porque añoramos irremediablemente lo divino. FIN

 

 




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