24 febrero 2006
LA LUZ QUEBRADA
de la misma manera.
El amor y los años
nos han reducido a una sola palabra:
olvido.
Allí los fuegos no se recuerdan,
tampoco el hervor de los ojos
sujetando cien nombres.
No se recuerda la piel con hambre
de los 20 años.
Ni el asombro.
La vejez se entretiene
en quitarle máscaras a la memoria
y en contar con los dedos del desencanto
los amigos muertos,
los tiempos rencorosos,
la porcelana caída de los sueños.
Ah, la edad de cada edad
cuán poco dura,
cómo se estrella en el aire
el cascarón de sus mañanas
y otra vez la sombra nos incuba,
nos obliga a dormir
porque nada crece sin la luz,
porque nunca la luz es inútil. Nunca.
Incluso cuando ya no pueda saber
que estoy despierto.
