13 septiembre 2009
JUAN SOBREELPECHO II
CAPÍTULO 2
BAR-MIZWA
Aprendimos las primeras letras en los caminos del aire. Asomados a las conversaciones de los pescadores, trasladábamos mi hermano Santiago y yo los deseos de saber y la intención de que permaneciera dentro lo que habíamos aprendido. Uno de los primeros asombros que recuerde fue ver con qué naturalidad escribían los amanuenses sus preciosos garabatos sobre los pergaminos.
En la familia, vivíamos una holgada austeridad de la que siempre dábamos gracias a Dios teniéndolo presente, como judíos que deseaban ser ejemplares. A cada visitante, mi padre recordaba que nuestra menoráh, con sus siete brazos ardiendo en las plegarias, estaba hecha con la madera sobrante del primer barco que tuvimos los Zebedeos. La oración --nos recordaba—es la poesía de la palabra. Por eso, la pesca, el agua y sus tempestades, la continua plegaria de la Toráh constituían el equilibrio feliz de nuestra historia.
A los cuatro años, como la alegría más grande, mi padre me llevó por primera vez a la Casa del Libro para comenzar las instrucciones de la Sagrada Escritura. El rabino, a la puerta, me dio la mano como a un hombre y allí comencé a notar un balanceo en el corazón, un saber no sabiendo, que ha llegado hasta hoy. Dentro, en la primera sala de la Casa del Libro, este poema que hasta meses más tarde no pude entender lo que decía:
Todas las palabras son destino
Del que vive y desea
Por encima de lo que pasa.
Hay también palabras
Que despiertan besos.
…Y en todas las palabras
Dios se dice.
Hasta los trece años, el rabino y sus ayudantes nos prepararon con disciplina y amor para ser dignos judíos: se trataba de que pudiéramos incorporar a la vida, a los oficios, a la luna de las madrugadas, aquella misma voz que escuchó Padre Abraham con la que Dios le cambió para siempre las entrañas. El rabino solía conmoverse con los pasajes bíblicos y en especial recordando la vida del Patriarca cuando, a la sombra de la encina de Mambré hablaba con el Señor y le llegaron de pronto tres hombres misteriosos a los que agasajó pidiéndole a Sara que hiciera para ellos la mejor comida. Antes de marcharse, aquellos hombres prometieron a Sara que pronto sería madre (1). El maestro lo contaba todo tan vivamente que casi veíamos crecer el vientre de la anciana mujer esperanzada:
-Cuando se festeja a peregrinos o se ayuda a los menesterosos, Dios nos llena de hijos las entrañas a modo de presencias suyas en cada uno multiplicadas.
Tanto aprendimos esos años, y con tanto amor, que los seiscientos trece mandamientos esenciales de la Torá nos parecían tan necesarios, tan vivos y tan rojos que sólo podían tener semejanza en los granos de las granadas:
-A las puertas de vuestra habitación pondréis el mezuzah, esa cajita con palabras de Moisés ayudándoos a recorrer la arena difícil de los desiertos. Y como ya vais siendo hombrecitos, acostumbraos a atar las filacterias alrededor del brazo izquierdo, junto al corazón, dando siete vueltas, en señal de que siete fueron los días en los que Dios creó el mundo.
Cada consejo, cada conocimiento era una abundancia. Sin embargo, lo que yo más apetecía era estar a solas. Cuando, después de mucho insistir, conseguí a los doce años pasar una noche con mi padre y sus faeneros en el barco, siempre que tenía ocasión me quedaba a popa descifrando la interesada fidelidad de los albatros y esa carencia de caminos que hay sobre el mar. Apunté entonces con mi letra pequeña: Dios le ha encomendado al viento la labranza del agua.
- No quiero que te quedes solo: en el menor descuido llega un golpe de agua y el mar te lleva, que aún no ha tenido tiempo el Tiberíades de saber quién eres, repetía mi padre casi al principio de cada soledad.
Al cumplir los trece años comencé a afilar los días que me quedaban para que la comunidad me proclamase como Bar-Mizwa, mayor de edad, judío con todos los compromisos. Continuamente cerraba los ojos y repetía sin cansancio: Sch´ma Israel Adonai Elohenú Adonai Ekhot: Escucha Israel, Yahvé es nuestro Dios; Yahvé es único.
Me vistieron esa mañana con una capa de seda blanca sobre la túnica negra. Cubierta la cabeza con el talit, alcanzamos la explanada del templo, que tan hermosamente había embellecido Herodes el Grande. Allí nos aguardaba el rabino, vestido también de fiesta como toda mi familia, con el pergamino de la Torá enrollada en viejos rulos de madera y plata. Abrió el cilindro delante de mis ojos, me pidió que leyese un capítulo del Éxodo y las lágrimas impidieron una lectura inmediata. Repuesto, recité:
-Moisés tomó la tienda de campaña y la puso a cierta distancia fuera del campamento, y la llamó tienda del encuentro con Dios. Cuando alguien quería consultar al Señor, iba a la tienda, que estaba fuera del campamento. Y cuando Moisés iba a la tienda, toda la gente se levantaba y permanecía de pie a la puerta de su propia tienda de campaña, siguiendo a Moisés con la mirada hasta que éste entraba en la tienda. En cuanto Moisés entraba en ella, la columna de nube bajaba y se detenía a la puerta de la tienda, mientras el Señor hablaba a Moisés… Dios hablaba a Moisés cara a cara, como quien habla con un amigo.
… Como quien habla con un amigo.
Yo vi cómo el pecho de mi madre no podía aguantar la respiración. El mismo pecho que más adelante se llenó de ambiciones para pedirle a Jesús que pusiera a Santiago y a mi a su derecha y a su izquierda en el Reino. Equivocado, pero era el pecho de mi madre y en él también escuché las primeras palpitaciones, los primeros aciertos de un amor que habría de llenarme la vida.
(1) Génesis 18, 1ss
BAR-MIZWA
Capítulo II
Aprendimos las primeras letras en los caminos del aire. Asomados a las conversaciones de los pescadores, trasladábamos mi hermano Santiago y yo los deseos de saber y la intención de que permaneciera dentro lo que habíamos aprendido. Uno de los primeros asombros que recuerde fue ver con qué naturalidad escribían los amanuenses sus preciosos garabatos sobre los pergaminos.
En la familia, vivíamos una holgada austeridad de la que siempre dábamos gracias a Dios teniéndolo presente, como judíos que deseaban ser ejemplares. A cada visitante, mi padre recordaba que nuestra menoráh, con sus siete brazos ardiendo en las plegarias, estaba hecha con la madera sobrante del primer barco que tuvimos los Zebedeos. La oración --nos recordaba—es la poesía de la palabra. Por eso, la pesca, el agua y sus tempestades, la continua plegaria de la Toráh constituían el equilibrio feliz de nuestra historia.
A los cuatro años, como la alegría más grande, mi padre me llevó por primera vez a la Casa del Libro para comenzar las instrucciones de la Sagrada Escritura. El rabino, a la puerta, me dio la mano como a un hombre y allí comencé a notar un balanceo en el corazón, un saber no sabiendo, que ha llegado hasta hoy. Dentro, en la primera sala de la Casa del Libro, este poema que hasta meses más tarde no pude entender lo que decía:
Todas las palabras son destino
Del que vive y desea
Por encima de lo que pasa.
Hay también palabras
Que despiertan besos.
…Y en todas las palabras
Dios se dice.
Hasta los trece años, el rabino y sus ayudantes nos prepararon con disciplina y amor para ser dignos judíos: se trataba de que pudiéramos incorporar a la vida, a los oficios, a la luna de las madrugadas, aquella misma voz que escuchó Padre Abraham con la que Dios le cambió para siempre las entrañas. El rabino solía conmoverse con los pasajes bíblicos y en especial recordando la vida del Patriarca cuando, a la sombra de la encina de Mambré hablaba con el Señor y le llegaron de pronto tres hombres misteriosos a los que agasajó pidiéndole a Sara que hiciera para ellos la mejor comida. Antes de marcharse, aquellos hombres prometieron a Sara que pronto sería madre (1). El maestro lo contaba todo tan vivamente que casi veíamos crecer el vientre de la anciana mujer esperanzada:
-Cuando se festeja a peregrinos o se ayuda a los menesterosos, Dios nos llena de hijos las entrañas a modo de presencias suyas en cada uno multiplicadas.
Tanto aprendimos esos años, y con tanto amor, que los seiscientos trece mandamientos esenciales de la Torá nos parecían tan necesarios, tan vivos y tan rojos que sólo podían tener semejanza en los granos de las granadas:
-A las puertas de vuestra habitación pondréis el mezuzah, esa cajita con palabras de Moisés ayudándoos a recorrer la arena difícil de los desiertos. Y como ya vais siendo hombrecitos, acostumbraos a atar las filacterias alrededor del brazo izquierdo, junto al corazón, dando siete vueltas, en señal de que siete fueron los días en los que Dios creó el mundo.
Cada consejo, cada conocimiento era una abundancia. Sin embargo, lo que yo más apetecía era estar a solas. Cuando, después de mucho insistir, conseguí a los doce años pasar una noche con mi padre y sus faeneros en el barco, siempre que tenía ocasión me quedaba a popa descifrando la interesada fidelidad de los albatros y esa carencia de caminos que hay sobre el mar. Apunté entonces con mi letra pequeña: Dios le ha encomendado al viento la labranza del agua.
- No quiero que te quedes solo: en el menor descuido llega un golpe de agua y el mar te lleva, que aún no ha tenido tiempo el Tiberíades de saber quién eres, repetía mi padre casi al principio de cada soledad.
Al cumplir los trece años comencé a afilar los días que me quedaban para que la comunidad me proclamase como Bar-Mizwa, mayor de edad, judío con todos los compromisos. Continuamente cerraba los ojos y repetía sin cansancio: Sch´ma Israel Adonai Elohenú Adonai Ekhot: Escucha Israel, Yahvé es nuestro Dios; Yahvé es único.
Me vistieron esa mañana con una capa de seda blanca sobre la túnica negra. Cubierta la cabeza con el talit, alcanzamos la explanada del templo, que tan hermosamente había embellecido Herodes el Grande. Allí nos aguardaba el rabino, vestido también de fiesta como toda mi familia, con el pergamino de la Torá enrollada en viejos rulos de madera y plata. Abrió el cilindro delante de mis ojos, me pidió que leyese un capítulo del Éxodo y las lágrimas impidieron una lectura inmediata. Repuesto, recité:
-Moisés tomó la tienda de campaña y la puso a cierta distancia fuera del campamento, y la llamó tienda del encuentro con Dios. Cuando alguien quería consultar al Señor, iba a la tienda, que estaba fuera del campamento. Y cuando Moisés iba a la tienda, toda la gente se levantaba y permanecía de pie a la puerta de su propia tienda de campaña, siguiendo a Moisés con la mirada hasta que éste entraba en la tienda. En cuanto Moisés entraba en ella, la columna de nube bajaba y se detenía a la puerta de la tienda, mientras el Señor hablaba a Moisés… Dios hablaba a Moisés cara a cara, como quien habla con un amigo.
… Como quien habla con un amigo.
Yo vi cómo el pecho de mi madre no podía aguantar la respiración. El mismo pecho que más adelante se llenó de ambiciones para pedirle a Jesús que pusiera a Santiago y a mi a su derecha y a su izquierda en el Reino. Equivocado, pero era el pecho de mi madre y en él también escuché las primeras palpitaciones, los primeros aciertos de un amor que habría de llenarme la vida.
(1) Génesis 18, 1ss