13 septiembre 2009
JUAN SOBREELPECHO

BETSAIDA
Capítulo I
En el alboroto incesante de todos los principios estaba la Palabra, como una criatura sublime que cambia de conversación según el apetito con que decidas escucharla.
¡LA PALABRA!
Dios dijo hágase la luz y se reconocieron a sí mismas todas las cosas del mundo. Y el mundo pudo verse, entonces, tal cual era, para siempre, desde el cristal infinito de Sus ojos. La Palabra primera que sólo escucharon los pájaros de aquellas conciencias fue: Hágase la luz!, Habló Dios y lo que dijo fue un incendio en su boca, una infinita peregrinación de antorchas que nos ha hecho saber hasta qué punto la creación fue una miniatura de la Palabra.
Cuando el hombre oscureció esa Palabra, Dios volvió a afilar su garganta, a renovar la leña de sus hornos: Hágase la misericordia, vayamos al mundo junto al Hijo, que el hombre vuelva a la sabia costumbre de la ternura. La segunda, la mejor, la definitiva Palabra fue Jesucristo, que vino a la vida vestido con la Palabra primera de la luz creadora y con ese otro decir suyo, infinito, desbordado, incalculable, amoroso y alto como el pecho del aire. Jesucristo, que apareció una mañana para dejarnos todos los besos que el Padre guardaba desde su eternidad, sujetos en la boca del tiempo.
Pero después de la Palabra, lo segundo después de la Palabra fue Betsaida.
Los padres de mis padres ya habían nacido en Betsaida. Todos dicen que se llama así porque en hebreo significa lugar de pesca, al ensancharse allí mismo el Jordán, gracias a la desembocadura de pequeños ríos que forman delta antes de hacerse hombres en el mar de Tiberíades. Únicamente Silas, el anciano que ayudó siempre en la familia a remendar las redes, cuenta que Betsaida se llama Betsaida por Betsabé, la hermosa mujer que contempló el rey David bañándose desnuda y la desposó porque era rey, después de las ruinas.
Betsaida, donde he nacido, adonde tantos años viví, es también como David, hermosa y pecadora y desde el día a la noche se baña incesantemente, invitando a ser poseída por cuantos tienen el privilegio de contemplarla.
Mi padre, Zebedeo, amarra en Betsaida sus barcos y nos habla del mar, desde él, como un novio que no ha conocido ni quiere conocer otra hermosura:
-Hijos, veis allí, donde cambia de color el agua… en esa linde se cruzó una tarde el barco en el que iba con mis hermanos a esperar los frutos de la noche, con otro, en el que se distinguía a cubierta María Salomé, vuestra madre. Sujetaba en sus manos lo fino de las velas como un ramo de novia. El agua, esa cinta del agua del Tiberíades, fue testigo de una promesa que llevo cumpliendo desde aquel día: Contigo, lo que sea, menos dejar el Lago: él me da la mitad de la conversación que ninguna mujer ni nadie podrá darme nunca, porque Dios escribe cada día en el lomo del agua las palabras que quiere que yo viva…
-Después de mi proposición, vuestra madre dejó que el agua se calmara y sonrió sabiendo que yo estaba prometido a la hija de Siras, una familia que salaba casi todo el pescado que nosotros traíamos.
Desde entonces yo, Juan, el desterrado y el evangelista, supe que este mar de Tiberíades tiene un pecho y que laten las velas al viento como si palpitara un corazón de seda. Y que la vida es un pecho grande que oculta las palabras, sólo esas, que la boca no ha aprendido a decir. Un pecho que desde entonces yo busqué, como el de los Cantares, semejante a un racimo de uvas, que poco a poco se vayan abriendo dulces a los deseos. Un pecho en el que, para saber, no haga falta más que reclinar la cabeza.